
Llaman a la puerta.
-Abre, niña.-me dice una voz
Cansina, arrastro los pies. Me levanto; por qué siempre llaman cuando me quedo dormida en el sofá, los pocos días que puedo.
Y ahí estaban , como un alud apresurado en un día de primavera, sin preaviso, arrollador; caras conocidas a la que hacía tiempo no veía.
-Dónde has estado
-Por qué no sabíamos nada de ti.
-Por qué no has llamado
-Por qué desapareces sin decir nada
-….
Si estuviera viendo una película, la escena me resultaría abrumadora, las palabras salían a borbotones de bocas abiertas a los que no alcanzaba a ver el rostro, y no gritaban sólo preguntaban, y yo seguía muda igual que lo estuviera antes.
Y por qué me parecía a mi que me atacaban, sabiendo que no.
Porque sabía que todo lo que me pudieran decir era verdad, y no tenía una disculpa ni una respuesta válida.
Mejor los dejaba pasar, y que se arremolinaran conmigo en el sofá.
-Abre la puerta, niña.- me decía aquella voz una vez más. Pero si yo ya la había abierto.
-Abre la puerta, niña.
Ni fueron las gotas de felicidad, que si acaso eran de felicidad, eran efímeras; ni fueron problemas; ni fue trabajo excesivo, que si que lo es; fue quizás volver a esconderme detrás de la puerta?. Y aunque asi fuera , que pudiera ser; mis disculpas por desaparecer.